El que quiera amor celeste...
Aquilino Polaino-Lorente| Muchos matrimonios confían su felicidad a la sensiblería y olvidan que sólo se consigue trabajando a conciencia. Por eso, cuando los problemas aparecen suponen que el amor se ha ido. Para evitar la deserción, marido y mujer deben aprender a identificar la raíz de sus conflictos. Un experto explica los 13 ámbitos más propensos para la beligerancia conyugal y nos recuerda que el amor cuesta. Ilustración: Malena Álvarez AlpízarSi una pareja dice que en su relación nunca ha habido conflictos, es evidente que no dice la verdad o que ambos viven de la simulación recíproca, pues se trata de una relación enormemente delicada y complicada en la que necesariamente surgirán problemas y puntos de desacuerdo. Al buscar la unidad entre hombre y mujer —a partir de su multiplicidad y diversidad— es lógico que surjan conflictos. El matrimonio es una unión de personas con vocación de realizar una comunión interpersonal, sin que su identidad se confunda. La vivencia de cada uno debe ser comunicada al otro, de manera que se transforme en convivencia. Pero se parte de la diversidad, y eso implica ciertas dificultades. Aunque todo sea distinto —afectividad, inteligencia, motricidad, morfología, anatomía, fisiología, personalidad…—, ambos están diseñados, desde la gestación, para completarse, no para oponerse, ni competir, ni guerrear, ni destrozarse. Los filósofos de hace muchos siglos expresaban esta situación con el término unitas multiplex: hacer la unidad de la multiplicidad. Hombre y mujer se oponen, pero la oposición los hace coincidir. A estas diferencias hay que agregar otra dificultad: la vida matrimonial cambia. Es lo que se conoce como ciclo vital de la familia. Unos recién casados no se comportan igual que unos esposos que acaban de tener a su primer hijo. Ya no es: «yo para ti, tú para mí, sin nadie», sino «yo para ti, yo para el tercero, tú para mí, tú para el tercero, y el tercero contra los dos». Donde antes había cónyuges —mujer y varón—, ahora hay padres. Tampoco es lo mismo la vida familiar con un hijo que con tres; ni el estilo educativo de una familia en una ciudad que en otra; ni convivir con un hijo enfermo que con todos sanos; ni mucho menos una familia en la que hay hijos adolescentes… Luego llegará el momento en que los padres estén solos. Cuando esto suceda, habrán pasado muchas cosas, se habrán conocido más entre ellos y habrán pasado juntos por muchos conflictos. ¿CONFLICTOS LETALES? Generalmente los conflictos se generan por tonterías. A veces al contrario, por fundamentos muy serios. En otras ocasiones por la rutina o porque no se conoce cada uno a sí mismo ni se conocen recíprocamente. El matrimonio es un contrato, pero sin ninguna seguridad, y menos en los tiempos que corren. Nadie puede dormirse en sus laureles y dejar de luchar: «¡Ah! Ya tengo mi contrato, venga la buena vida». Ambos deben conquistarse mutuamente, cada día, sin olvidar la propia condición humana y que, por eso, siempre habrá problemas. Pero ni las crisis ni los conflictos son malos. Son naturales; se han dado, se dan y se darán toda la vida. Ahora bien, hay conflictos que hacen crecer al matrimonio y otros que son letales y sirven para su defunción. Conviene distinguir unos de otros. Los conflictos tienen cierta verosimilitud de ser letales si se dan algunos de estos indicadores:
Por eso, hay un aspecto que los esposos deben cuidar especialmente al aparecer los conflictos: el daño que puedan hacerse entre sí. Las personas que menos pueden herirnos son las que no tomamos en serio y nos son indiferentes. Pero cuanto más se quiere, más se sufre. Desde una desatención o un cumpleaños olvidado, hasta la saña premeditada en un comentario, pueden lastimar mucho al otro. SER UN SOLUCIONADOR Sin embargo, los conflictos hacen crecer al matrimonio si ambos cónyuges se implican en su solución en un tiempo récord. Los dos deben convertirse en lo que llamo solucionadores. Incluso, esta actitud no sirve sólo para la vida matrimonial. Una forma de saber si nuestra vida va bien, es contestar un breve cuestionario. En una columna se pone: «Problemas que he generado desde que nací, haciendo daño a otros casi siempre». Y en otra: «Solución de problemas que he realizado desde que nací». El balance indica quiénes somos. Si desde el nacimiento hasta hoy se han solucionado más problemas de los generados, eso es bueno. Si no, hay que empezar de inmediato a arreglar la vida porque así no se puede ser feliz. Si cada esposo y esposa es un solucionador, no cabe temer a los conflictos conyugales, porque cada problema será pequeño y habrá dos solucionadores, dos grandes expertos para un problemita. Por desgracia, no existe una tienda donde llegar y pedir 15 gramos de solucionador. Como se trata de un hábito, hay que aprovechar cada instante para ejercitarse en él, solucionar problemas de manera constante es el único modo de aprender. Hay cuatro medios que, usados correctamente, son eficaces para solucionar los conflictos en el matrimonio. Como a veces olvidamos que están a nuestro alcance, vale la pena recordarlos. Inteligencia Por lo general, usamos nuestra inteligencia muy poco y muy mal. Por ejemplo, si el vecino llega con un problema se le atiende, se le escucha, incluso hasta se toma nota. Sin embargo, ¿se hace lo mismo con los propios conflictos? ¿De verdad se aplica la inteligencia para resolver los problemas con la pareja? No. Se toman muy a la ligera, como si el hecho de vivir juntos les restara importancia. Voluntad Muchos conflictos de pareja se resolverían si cada uno y cada una tuviera un poquito más de autocontrol, eso que se lee en los libros de Psicología como: self regulation, self control. «Como es mi marido, le puedo dar un sopapo». No. Hay que controlar el brazo. «Como es mi mujer, la puedo mirar con ojos de homicida». Tampoco. Aunque se esté muy enfadado, debe mirársele con una mirada comprensiva, acogedora, tierna, penetrante. Creatividad Gracias a ella se pueden alumbrar posibles soluciones a los conflictos conyugales, pequeños, medianos o grandes, que se vayan dando en su vida familiar. Hay que llevar la imaginación al matrimonio. La intervención a través de esa imaginación será fenomenal. Claro que, si se usa para crear más problemas, será maldita. Habilidades de negociación Dado que este recurso exige poner en práctica los otros tres, me detendré un poco más en su explicación. A NEGOCIAR SE HA DICHO En el mundo actual, globalizado, todo se negocia. Negocien entre marido y mujer, cedan, concedan, lleguen a un acuerdo rápido. Que no haya vencedores ni vencidos. Que todos ganen y nadie pierda. Eso es hacer negocio: antes de enfadarse, negociar. Si una persona está en un problema, por ejemplo, puede repasar los momentos anteriores de su vida cuando ha vivido alguna crisis. En esos hitos vitales, ¿cómo se resolvieron los conflictos? Vendrán luces de inmediato. Obviamente hay que repasar los problemas que se resolvieron bien. Ver qué comparación se puede establecer entre el problema del adolescente que fui y el problema actual, de hombre casado. Observar y establecer las posibles analogías entre aquel y este problema, comparar y poner en práctica las mismas estrategias que se emplearon entonces u otras nuevas para salir adelante. No olvidemos que los conflictos conyugales son normales, sólo que es mejor tenerlos muy de tarde en tarde. Resolverlos, por tanto, también es normal. Para eso, es fundamental que, cada vez que aparezca uno, quien considere tener la verdad sea el primero en ceder. ¿Él tiene razón? Que ceda, ya habrá otro momento, otro día lejano, para explicar por qué. Ahora no, ahora ceda. ¿Quién de los dos se considera más inteligente? Ella. Entonces que ceda antes ella. Y si no, no es más inteligente, es más tonta, porque quiere que el conflicto vaya a más: sufrir, sufrir y sufrir. Eso no es de inteligentes. Un viejo aforismo en la medicina hipocrática sostenía que para un buen nacimiento no debía ponerse el sol, a partir del momento en que empezaba un parto hasta cuando nacía el niño. Así, el conflicto debe resolverse antes del ocaso. Si dura 5 horas, como si dura 18, pero antes de llegar la noche. Si lo hacen así, ambos ganarán, serán más felices, crecerán como personas, serán buenos expertos en negociación y solución de problemas, harán felices a los hijos y nadie perderá, todos ganarán. De lo contrario, tendrán que ir, a veces durante años, a terapia, y quién sabe si a causa del conflicto adquieren un trastorno que les ate al psiquiatra hasta la muerte. NEGOCIACIÓN INTERRUMPIDA Puede haber muchos obstáculos para la negociación. Cuando uno se resiste a ceder y ni siquiera acepta que el otro lo haga, debe emprenderse una labor de convencimiento mediante el diálogo razonado y prudente, sin gritar ni machacar. El ser humano es un ser dialógico, para eso estamos hechos, pero el diálogo no se puede imponer. Habrá que buscar el momento más oportuno para suscitarlo. A veces se peca de imprudencia, quizá ahora lo que menos convenga sea platicar el asunto, se corre el riesgo de sumar otro conflicto; pero en dos o tres días se podrá hablar tranquilamente y solucionar el problema. Incluso si el conflicto se alarga hasta la separación, y uno de los dos aún desea luchar por la relación, es posible conseguirlo. En mi experiencia como terapeuta familiar he trabajado con parejas separadas. Se habla primero con quien parece que no quiere reunirse para valorar si esa decisión es firme o no. Y si cede, se empieza a trabajar. Parejas con más de seis meses de separación, gracias a la terapia familiar, hoy son felices juntos. Nunca hay que dar por bueno eso de que se han puesto todos los medios. «Es que llevo peleando muchos años y no consigo nada». Tal vez necesite llamar a más gente que pelee con usted. O a la mejor basta con que vaya con un terapeuta. Si yo tuviera autoridad legislativa o jurídica no admitiría ni una separación, ni un divorcio, ni una causa de nulidad, hasta no saber que realmente se han puesto todos los medios para resolver el problema, como sucede en Inglaterra. Al tramitar el divorcio, el Estado pide ocho meses de terapia familiar antes de iniciar el papeleo y se pide un informe al terapeuta sobre la actitud de ambos y así verificar la asistencia y que de verdad ha habido buena disposición. Y no se hace porque el Estado inglés ame la vida matrimonial; tan sólo es cosa de finanzas públicas: por cada divorcio se ingresa menos dinero a las arcas británicas y esto es una sangría económica. Sea como fuere, habría que adoptar un argumento similar. Cuando los conflictos arrecian y se intensifican, es muy frecuente que uno de los cónyuges diga, medio en serio, medio en broma: «Bueno, hay que separarnos». Se trata de una frase con la que no hay que jugar, pues el otro puede considerarlo como una opción viable, aunque se haya dicho sin pensarlo. No puede lanzarse esa arma al otro, porque empiezan jugando y al final se cumple la predicción. Una mujer amenaza a su marido: «Mira que me separo», y un buen día el que se separa es él. 13 ÁMBITOS CONFLICTIVOS La exploración práctica de una pareja que decide iniciar una terapia exige dos pasos previos. Primero, se estudia por separado a los cónyuges desde un punto de vista exclusivamente psiquiátrico, por si hay algún trastorno psíquico que esté influyendo en el problema. La relación que hemos encontrado es del 60%. En esos casos, antes de la terapia —o al mismo tiempo— hay que hacer un tratamiento psiquiátrico. En segundo lugar, se evalúa la historia de la familia y de la pareja, y se hacen pruebas sobre el funcionamiento familiar, la cohesión y la adaptación conyugal. Así obtenemos los problemas de cada miembro —si los hay—, tipos de familia, de unión y los ámbitos en que pueden darse las dificultades. Eso, los ámbitos susceptibles de conflicto, es lo que veremos ahora. Son 13 y, al conocerlos, será más fácil resolver un conflicto cuando se presente.
A veces salta la chispa. Quizá el marido nunca ha practicado, pero de unos años acá se ha hecho muy religioso y ella se siente desplazada en eso. Piensa que en eso debe ir más adelante que él. En consecuencia, deja de practicar. El marido, que se ha vuelto más sensible para lo religioso, está preocupado porque su esposa no practica. Empiezan a discutir de religión. Ninguno es teólogo, pero como si lo fueran. Lo ideal es que cada uno viva la religión de una manera responsable, con libertad personal y compromiso. LO MÁS IMPORTANTE Ante todo, es fundamental mantenerse optimistas, saber que la presencia de problemas en el matrimonio no significa el fin de nada. En la terapia me topo con parejas que han tirado la toalla. «No nos entendemos en nada. Toda mi familia es una porquería. Yo jamás volveré a hablarle. Nunca vamos a salir de esta». Palabras como todo, jamás, nunca, son muy fuertes y muy falsas. Por eso hay que identificar dónde están los conflictos, explorar cuáles son sus causas, ver a marido y mujer en interacción, y arbitrar soluciones, habilidades, destrezas, estrategias que sirvan para que el conflicto se resuelva enseguida. Cuando los conflictos se resuelven, las uniones conyugales se fortalecen, se robustecen y vigorizan y, en vez de conformarse con una vida rutinaria y pobretona, la felicidad sube muchos metros. Esa es la gran batalla que hay que dar día a día. La mayoría de las parejas viven con una felicidad muy parca. Todos los matrimonios tienen derecho a alcanzar la felicidad total. Claro que esto exige tiempo, dedicación, respeto, autocontrol, salir de uno mismo, dar la intimidad, escuchar, negociar. Y, aunque no es fácil, es lo bonito de la vida, porque el matrimonio está hecho para que los dos mutuamente se perfeccionen. Cosa que ninguno de los que están casados suele plantearse. Usted, señor, tiene que ayudar a su mujer a que sea más perfecta. Usted, señora, tiene que contribuir a que su marido sea más perfecto. Y para eso hay que ayudarse. Porque si lo que más se quiere —el esposo o la esposa— se hace más perfecto con la ayuda propia, se le querrá más. Es un trabajo por el que vale la pena esforzarse; al fin y al cabo es lo único que se pueden llevar de la vida y lo más importante. |
